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UN CATALEJO QUE ES TAMBIÉN LUPA,
MICROSCOPIO Y ANTEOJO DEL FUTURO. Presentación de José M. González-Llorente del libro Catalejo en lontananza, de William Navarrete. Casa Bacardi del ICCAS. 27 de julio de 2006. Desde París, donde reside desde su salida de Cuba, William Navarrete suele tomar cada día su catalejo, que es –como veremos más adelante– algo más que un “anteojo de larga vista” como lo define el diccionario de la Real Academia Española. Con este instrumento otea lejanías, “otea la verdad”, como dice Manuel Vázquez Portal en un reciente artículo en el Nuevo Herald, “dialoga con la realidad de su tiempo”, como apunta su prologuista Grace Giselle Piney Roche. Y reescribe la historia, indaga, investiga, reflexiona, y aquilata, tópicos de literatura, artes plásticas, teatro, arquitectura, y música. Fruto de esas observaciones a través de su catalejo, son varios libros que, con sólo treinta y ocho años de edad, ha lanzado a la luz en varias latitudes. Obras como La chanson cubaine, en 2000; Cuba, la música en el exilio en 2004; El centenario de la República Cubana, en 2002; las antologías de poetas cubanos en París Ínsulas al pairo en 2004 y la recientemente publicada en Italia de siete poetas prisioneros durante la primavera negra de Cuba, Versos tras las rejas. Y como su catalejo le sirve a él, además, como estetoscopio del alma, también ha comenzado a publicar su obra poética en 2005 con su libro Edad del miedo al frío, ganador del premio Eugenio Florit de poesía… Y en lo que podríamos llamar “sus tiempos libres”, funda en París y dirige con pasión, la Asociación por la Tercera República Cubana, la ATREC, organización que ha sido clave en la transformación de los sentimientos de los gobiernos y una gran parte de los ciudadanos de la Unión Europea hacia el decrépito dictador cubano, al adoptar por fin una actitud de justa condena donde había persistido una trasnochada admiración. Y ahora este escritor, crítico de arte, humanista y poeta, nos entrega este libro, Catalejo en lontananza, impecablemente editado por la editorial valenciana Aduana Vieja. Y al hacerlo, nos presta su instrumento de otear para que, a través de él, podamos ser testigos minuciosos, curiosos, e incisivos, del período de diez años que él ha escrutado desde 1995 hasta 2005. Catalejo en lontananza es una compilación de cincuenta y siete joyas periodísticas publicadas durante esa década en distintos periódicos, revistas, páginas en la red, y otros medios de comunicación social del mundo de habla hispana. La selección ha sido realizada por el propio autor, entresacando piezas de entre su prolija producción de artículos de opinión, críticas de arte, y ensayos, con un denominador común que no es otro que Cuba. De ahí el subtítulo del libro: “Crónicas cubanas”. Este criterio de selección es explicado por el autor en una “nota preliminar” en la cual leemos: La idea de publicar en un mismo libro una selección de mis artículos de prensa durante los últimos diez años surgió del deseo de ofrecer un cúmulo de informaciones históricas, culturales y políticas relacionado, desde el exterior, con Cuba. A continuación, Navarrete mueve las piezas del catalejo y ajusta el juego de lentes para definir el foco que más le preocupa. Que es, en sus propias palabras: El cubano de mañana, el que quizás empiece a leer cuando todos los que hoy seguimos trabajando para Cuba no existamos ya. Es esa la razón poderosísima que alienta estas crónicas y este libro. Pero para comprender mejor la esencia de esta antología debemos referirnos a otra de las acepciones del concepto “catalejo”, también registrada en el diccionario de la Real Academia. Esta es: “Aparato extensible de largo alcance. Vocablo compuesto por las voces “catar” (que es gustar algo para examinar su sabor) y “lejos” (que es relativo a la distancia en que las cosas no se distinguen con claridad). Y es que Navarrete no se conforma con mirar. Cada una de sus crónicas está precedida por una meticulosa investigación que nos permite paladear, catar, un producto final sustancioso, preciosista, poblado de detalles curiosos, anécdotas singulares, enseñanzas que han permanecido dormidas, cada una con una sorpresa, una revelación, un ángulo nuevo, no importa cual sea el tema. Esto es palpable –y degustable– desde la primera de las crónicas, escrita en Berlín en junio del 99 para la revista Tranvía. Su título es Alejandro de Humboldt: bicentenario de su primer viaje a la isla de Cuba. Esta visita del legendario barón, bautizado por José de la Luz y Caballero como “el segundo descubridor de Cuba”, comienza el día de San José del año 1800 y en ella redescubrimos a aquella Cuba de fines del siglo XVIII favorecida por la Sociedad Económica de Amigos del País de San Cristóbal de La Habana. El toque de humor de la crónica es la observación del autor ¬–siempre a través de su catalejo omnipresente– del momento en que Humboldt y su amigo, el célebre botánico francés Aimee Bompland, encaramados en uno de los muebles altos de la casona colonial donde viven, estudian fascinados durante varios días el comportamiento de dos cocodrilos cubanos que se han hecho llevar. En la crónica titulada Bacardi: una bebida exilada, aparecida originalmente en la publicación “100 años” en París en diciembre de 2000, aprendemos sobre los orígenes y la historia aventurera de esta marca que hoy continúa siendo líder mundial de ventas en la categoría de ron. Y nos enteramos como en 1886 el prestigio de la marca Bacardi se había acrecentado tanto que cuando el príncipe de España y futuro rey Alfonso XIII se enferma gravemente, y cito: …los médicos de cabecera le recomiendan un tratamiento a base de estimulantes alcohólicos y, tras probar con diferentes productos del género, se decidieron finalmente por el ron Bacardi para iniciar las curas. Los resultados fueron satisfactorios (…) y la reina regente concedió inmediatamente el título de “Proveedor de la casa Real” al ron santiaguero, autorizando a la vez al producto a que estampara el escudo real en sus etiquetas. Más adelante, en el ensayo titulado Dejemos a Bolívar descansar en paz, con olfato de intérprete de la historia, y partiendo de hechos fechados en 1827, llega el autor a unas conclusiones insólitas e ignoradas hasta hoy por la mayoría, y que desde el pasado proyectan lo que parece ser un sombrío destino sobre las actuales relaciones entre Venezuela y Cuba porque, como afirma Navarrete: …la historia ha sido reescrita tantas veces que ya no nos queda otra opción que leerla entre líneas, (y) es que, más de dos siglos después, la principal amenaza para la soberanía de Venezuela es, y también lamento decirlo, Cuba. Y ahora salto, porque podría pasarme la noche sorteando referencias y citando fragmentos, a un artículo que no puedo dejar de mencionar: La asamblea del vergel, aquella que se celebró en La Habana el año pasado en el patio de la casa de Félix Bonne Carcassé para promover la sociedad civil en Cuba. Aquí Navarrete compara este encuentro con los primeros gritos libertadores de la Isla, como el 10 de Octubre de 1868 en el batey de la Demajagua, o el descampado de las Lagunas de Varona en 1875, o la protesta de Antonio Maceo bajo el mangal de Baraguá. Y concluye con esta desesperada pregunta: ¿Cómo explicar a un francés atónito ante la elección del sitio, distante y a la intemperie, que en Cuba todas las salas de espectáculos, todas las sedes de instituciones, absolutamente todos los centros de formación y estudios, las salas de conferencias, las galerías, los espacios públicos sociales, los espacios asociativos, y un largo etcétera, son propiedad exclusiva del estado? Y sigues leyendo esta antología y comprendes que el catalejo es también lupa a veces, y otras, microscopio. Y es, además, caleidoscopio en el cual cada cristal es una joya y el libro es la mágica y armónica composición de todas estas joyas. Y vas colocando las distintas piezas de este rompecabezas multicolor en el orden en que están compiladas: HISTORIA–POLÍTICA– SOCIEDAD LITERATURA ARTES PLÁSTICAS TEATRO, ARQUITECTURA, MÚSICA O escoges al azar las piezas y las colocas a capricho porque al final siempre Catalejo en lontananza será un cuadro mural concienzudo, descriptivo, y no menos riguroso por lo emocional, de un segmento de nuestro tiempo. Una sinfonía capaz de combinar memorias, verdades y estados del alma. Y así, puedes barajar los títulos de todas las crónicas: • Gina Pellón, una pintora cubana en Francia. • Seis décadas de teatro cubano en la República. • Padilla y Edwards: personas non gratas. • Los gladiolos de la libertad. (o las damas de blanco). • Tres figuras del exilio que brillan en París • Versos de Canaleta en Roma. (los de Raúl Rivero) • Wilfredo Lam: mestizaje y preteísmo. • La ciudad de los suspiros o La Habana entera. • Celdas sin número. (Las que habitó Manuel Vázquez Portal) • José Abreu: el tiempo de la melancolía. Y cuarenta y tres crónicas más adelante llegas a la pieza final, esa que sí es la excepción al juego de azares. La crónica que cierra el libro. La última puntada en el tapiz. La última pincelada en el mural: la titulada El son se fue de Cuba: la historia íntima y quizás poco conocida de esta canción que no es de un cubano, sino de un dominicano-venezolano, Billo Frómeta, y que anuncia a comienzos de los sesenta el inicio del éxodo, cuando canta: El son se fue de Cuba llorando de tristeza. Se ha ido el Manisero y también La bayamesa. Esta es la última de las crónicas de Catalejo en lontananza. Fue ésta y no otra, por un capricho nostálgico de este autor cuya cubanidad y, especialmente “habanidad”, sorprenden porque, aún siendo tan joven, por momentos nos recuerda el habanismo pasional de un Guillermo Cabrera Infante o de un José Lezama Lima. Aunque Navarrete aclara en La ciudad de los suspiros o La Habana entera: … no la conocí. Mi Habana, la otra, fue la ciudad vaciada de su esencia, el frasco que se despidió de su último rastro de fragancia (…) Esa otra Habana la sudé esquivando los decrépitos soportales y los charcos de orines detrás de las raquíticas columnas que en otros tiempos parecían soportar templos (…) De haber sido la Ciudad de las columnas de la que hablaba Carpentier, La Habana pasó a ser en la época de mi adolescencia, la ciudad de los suspiros. Todo esto es Catalejo en lontananza. Una proyección inquieta y vibrante de lo que es William Navarrete. “Agitador nato”, como lo llama su prologuista. Y yo añado: osado, prolífico, dueño de una precoz erudición, comprometido con Cuba y su exilio. Un libro que se lee como una bitácora de un viaje de diez años, y ante la cual el privilegiado lector puede –gracias al arte de la compilación, esta especie de “género” al que quizás a veces no se le hace justicia– navegar a través de los distintos estados y humores de un mar cambiante en el cual pasará de la sonrisa a la tristeza, de la nostalgia a la impotencia, y de la ternura a la más dolorosa indignación. Gracias, William, en nombre de todos los cubanos, los de dentro y los de fuera, por Catalejo en lontananza. Gracias porque en sus páginas me hiciste también a mí el honor de atraparme (en libertad) al reseñar mi primer libro de cuentos. Gracias por invitarme a presentarlo ante esta entrañable audiencia. Hago votos para que no se cumpla el vaticinio que lanzas en tu nota preliminar, y que el cubano de mañana comience a leer libremente cuando tú todavía existas y puedas ser, también, cronista del futuro. Jmgll. Miami, 07/27/2006 Arriba |
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