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LA BENDICION DE UN RAYO
Por: Adela Soto

Estábamos reunidos en la salita de la vivienda de
Fernando en un esfuerzo por despejar la x de la
incertidumbre, mientras la lluvia caía copiosamente,
y los relámpagos parecían tumbar las paredes con su
sonido ensordecedor, cuando de pronto un rayo resonó
con tanta fuerza que todos nos pusimos de pie
esperando el desenlace.

Primeramente pensamos que el desastre había sido
humano, por suerte el occiso fue un buey de uno de los
cuartones cercanos, el pobre tan debilucho que daba
grima su muerte.

Nadie sabía quién era el dueño, cómo nadie lo quiso
averiguar. Más de una veintena de vecinos del poblado
fueron a ver agonizar a la pobre res, que carbonizada
yacía sobre la húmeda tierra con los ojos implorando
al cielo, mientras la concurrencia aparentemente
tranquila, pero sin perder por un instante el acecho
de la ley, miraba para todas partes esperando el
momento.

Como es de esperarse en un dos por tres el patrullero
de la policía nacional apareció sin que nadie supiera
quien le había avisado, cómo llegaron, ni por dónde.

También como era normal, después de estos había que
esperar llegaran los enviados especiales para dar fe
de la muerte del buey y proceder a que el carro el la
carne se llevará las mejores partes del fallecido,
para posteriormente darle candela al resto del animal.

La gente caminaba inquieta de un lado para otro, hasta
que al fin comenzaron a irse poco a poco los gendarmes
junto al carro de la carne, que como es costumbre en
estos casos recogió todo lo que pudo y dejó sobre la
tierra el resto del animal al cuidado de un sólo
policía y con la orden de la incineración.

Nunca supimos guiado por qué mano divina, o que actuó
en su conciencia, que cuando el resto de la autoridad
se perdió por el camino, aquel policía dio la voz de
al machete y más de cien personas cayeron sobre los
restos del buey dejando solamente las costillas, no
dieron tiempo ni a que le practicaran los santos
oficios.

La gente al ver aquel acto tan inusual y mucho menos
de parte de la autoridad, la que siempre enjuiciaba
este hecho como delito, se postraban sobre el terreno
dando vivas a Dios, por mandar el rayo. Otras alababan
a sus santos mientras Jacinta colgada al cuello del
policía, lo besaba dándole las gracias, porque al fin
iban después de tantos años a probar un pedazo de
carne de res.

Como es de imaginarse el uniformado salió a toda
carrera del lugar para evitar los comentarios, pero
con su pedazo de carne bajo el brazo, él como los
demás tenía la misma hambre. Era cubano.



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