ARTÍCULOS

 
Crónicas de un verdugo

Desde Cuba por Raúl Soroa

"Yo en el fondo soy un hombre bueno"
LA HABANA, Cuba - Lunes 24 de Abril de 2006 (CUBANET) -

Mirada cansada como sus pasos. Pasos que arrastran, con poca convicción, un cuerpo delgado y nudoso. Viste una vieja camisa de ginga y un pantalón de kaki gris sujeto a la cintura por un cinto militar. Calza botas y lleva en la cabeza una gorra verde olivo.

"Yo en el fondo soy un hombre bueno", dice, y me contempla fijo unos instantes con esos ojos azules, diáfanos, que no parecen ocultar ninguna culpa. Unas profundas arrugas bordean los ojos y surcan las mejillas del hombre que se sienta en uno de los sillones del portal de su actual centro de trabajo. Lentamente enciende un tabaco. Bastardo, de los de la cuota. Muerde la punta, hace un gesto vago y lanza las primeras volutas de humo.

"Creíamos hacer lo correcto, estábamos convencidos entonces. Nunca había oído hablar de eso de los derechos humanos. Ellos eran el enemigo, pura bazofia, lacras sociales, maricones. Eso."

Mira al techo del portal y lanza con fuerza el humo. El azul revive en sus ojos, y creo ver una especie de fuego contenido.

"Se hicieron muchas barbaridades. Yo estuve de jefe en 'El Infierno'".

Queda en silencio un largo rato. Lo conmino a seguir con su historia. Dice que no, que no puede. Me pregunta qué clase de periodista soy yo. Le explico que soy un periodista independiente. Me observa con suspicacia, la aprensión es parte de la manera de ser de este hombre. Llevo meses intentando ganarme su confianza.

Fue comandante del Ejército Rebelde, combatió en Girón y el Escambray. Hoy es CVP de una pequeña empresa, de una talabartería estatal.

Fue un amigo quien me habló de él. Dijo que era un comandante retirado, descontento con su situación actual, desengañado. Me presentó como un escritor famoso que podía escribir un libro sobre su vida de combatiente. No le mentí. Le expliqué que las posibilidades reales de publicar un libro sobre su historia eran bien remotas, y que no era famoso. Tarde tras tarde de guardia compartimos café y cigarrillos. Poco a poco, con mucha dificultad, fue contando sus historias.

Comenzó así de golpe, cuando menos lo esperaba:

"Creíamos hacer lo correcto. Estábamos convencidos entonces. Nunca había oído hablar de eso de los derechos humanos. Ellos eran el enemigo, pura bazofia, lacras sociales, manricones. Eso.

"Había de todo allí. Jehovases, tipos de la dulce vida, maricones. Pura porquería. La Revolución echaba pa'lante, y a ellos les había cogido la rueda de la historia. Nosotros éramos la rueda. Decían que los llevaban para reeducarlos, pero eso era puro cuento. Nosotros sabíamos bien de qué se trataba".

Otra larga pausa. La mirada azul busca en lo alto, entre las nubes. Se pierde en las llanuras de Camagüey, entre los mosquitos y los gritos de los guardias y el hambre y la sed y los golpes y la muerte y las alambradas de púas donde miles de hombres padecen, sufren por el único delito de ser diferentes o simplemente por pura mala suerte.

"¿La comida dice usted? ¿Quién iba a gastar comida en esa gente? ¿Sabe, periodista? Había varios así como tú. No se ofenda. Usted no dura un día en uno de esos lugares. Había un escritor, un tipo gordo, fofo, pura manteca. En menos de quince días estaba que parecía un hilo de flaco. El hombre se veía desesperado, merodeaba cerca de la cocina por las noches en busca de alguna sobra que botaran los guardias. Un día los cabos UMAP (Unidades Militares de Apoyo a la Producción -léase GULAG castrista) lo agarraron y le dieron una paliza que por poco lo matan, y al día siguiente el hombre regresó de nuevo en busca de las sobras. Entonces al teniente Amado se le ocurrió una diversión. Apostaban cuántos palos era capaz de soportar el hombre a cambio de un poco de raspa de arroz. Se turnaban los cabos para golpear al tipo. Mientras más aguantara más raspa le daban. Lo golpeaban por las nalgas con un cuje de guayaba hasta sangrar. La diversión duró poco. El hombre falleció al poco tiempo de tifus. ¿Qué si era verdad lo del tifus?"

Ahora mira sarcástico, y descubro un brillo nuevo en sus ojos. Un hálito del pasado que trae peligro. Muerde las palabras cuando contesta a mi pregunta.

"Las lacras morían de tifus, de diarreas, de cualquier cosa. No podía aparecer en las estadísticas que habían muerto de un tiro o de hambre. Este tipo estaba medio muerto y ya hace rato que no era nada. La diversión se extendía a lamerle las botas a los cabos y sargentos, a caminar en cuatro patas y ladrar y a cuanta cosa se le ocurría al teniente. Un día alguien le dio un tiro en la nuca. ¿Por qué? Puro aburrimiento, puro berrinche. Nosotros estábamos tan presos como ellos, a cientos de kilómetros de la familia, entre enormes mosquitos y rodeados de todas esas lacras.

"¿Las jornadas de trabajo? Bueno, eso lo decidíamos nosotros. Podían durar 12, 14, 16, lo que nos diera la gana. Sí, a veces llevábamos almuerzo al campo. Sopa, claro, sopa de arroz.

"¿Torturar? Bueno, había gente muy imaginativa, y con el aburrimiento, imagínate lo que es estar días y días en medio de la nada, lejos de la mujer o de la novia. Sí, enterraban hasta el cuello en la tierra, sin agua. Podía durar un día completo o hasta dos. Los amarraban con alambres de púas desnudos. Los mosquitos acaban con ellos. ¿Las recuas? ¿Quién te contó eso? Sí, amarrábamos a los jehovases por el cuello hasta formar una hilera, amarrados uno al otro por el cuello, así tenían que ir al campo y a todas partes.

"¿Muertes?" Sonríe irónico. Ahora el brillo de los ojos azules se ha transformado en algo terrible, impreciso. Los ojos cansados y vacuos del ex comandante tienen ahora una fuerza que atemoriza.

"¿Muertes? Tifus, diarreas, fiebres, hambre, tiros, golpes. En las alambradas quedaron no pocos desesperados que intentaban huir. ¿Escapar, dices tú? Imposible".

Muerde con fuerza el tabaco. Pide que por favor no mencione su nombre. Se lo prometo, le doy mi palabra. Pero sólo hasta que esto llegue a su fin, en cuanto se establezca un régimen democrático y libre en Cuba, entonces tendrá que responder ante la ley. No ante mí ni ante nadie, ante la ley. Serás juzgado con todas las garantías que ofrece un estado de derecho, le digo, y el hombre me mira con sorna.

"¿Podemos hablar de otros asuntos que no sean la UMAP?" Dice que no le gusta hablar de la UMAP, que tiene muchas cosas importantes que contar. Le digo que voy a respetar su anonimato, que incluso voy a cambiar algunos nombres, pero que me cuente todo lo que quiera. Le pregunto si se siente arrepentido.

"¿Arrepentido?" Pausa. Sus ojos tienen de nuevo ese tono cansado, vencido. "No, entonces creíamos que era lo correcto".

Mi prisionero favorito


"Estuve castigado por problemas con el alcohol. Lo superé, hasta hoy nunca he vuelto a darme un trago. Perdí a mi esposa e hija, los grados, el prestigio… entonces me ubicaron en Isla de Pinos… uno a veces se encariña con los presos, con uno en especial…"

Los estampidos los sintió lejanos, en plena caída. Luego las risas, las burlas de los guardias. Lo desataron y lo trasladaron de nuevo a la celda. Lloró hasta quedarse dormido. Despertó envuelto de nuevo en las tinieblas. Llevaba meses ¿o eran días? en la oscuridad, solo. Siempre le había tenido miedo a la oscuridad. De niño sentía pánico cuando la madre apagaba la luz del cuarto, y por eso le compraron la lámpara aquella, pequeña, una luz en la sombra, una estrella que espantaba el miedo. Aquí la negrura es absoluta, pero se había acostumbrado. ¿Qué tiempo llevaba encerrado en ese lugar? ¿Por qué lo habían traído para acá? ¿Por la quema de colchones? ¿Por lo de la bazofia? ¿Por negarse a trabajar? No recordaba.

Reptó hasta el agujero que servía de letrina. Era un gato, pensó con cierto orgullo. Podía ver bastante bien en la noche. Esperó, su olfato también se había desarrollado. Sintió el olor antes de verlas. De un rápido zarpazo agarro una, era bastante grande. El bicho se debatió entre sus dedos antes de ser devorado. Soy un gato, sonrió. Luego se puso de pie y palpó la humedad de la pared. Hundió la lengua en el agujero por donde una vez al día brotaba el agua. Bueno, brotaba un poco de agua, un hilillo que había que lamer. Pero estaba seco. A veces pasaba eso, y entonces era difícil aguantar la sed. Atrapó otro insecto y lo masticó despacio. ¿Por qué estaba aquí? Tienen un ligero sabor a hierro. Lo malo es la sed, no sale agua del maldito agujero.

La pequeña luz en el cuarto, la cara difusa de la madre, el miedo a la oscuridad. No recordaba nada con precisión. Se quedó quieto. Los bichos comenzaron a caminar. Son astutos, trepan despacio, con cautela. Pero él es más astuto. Los deja hacer sin moverse. Aguanta la respiración y luego de un golpe los atrapa. Hoy es un buen día, ha logrado agarrar seis. De todas formas, ellos se aprovechan cuando duerme y hacen de las suyas. A veces siente cómo le mordisquean los labios, cómo se arrastran y corren por la piel. Al principio les tenía un poco de miedo, pero ya no. Ahora es él el cazador, ahora son ellos los que temen. Un día logró apoderarse de una rata. Era grande y feroz, se defendió bien en la oscuridad. Logró derrotarla. Pero no había vuelto a tener esa suerte. Son rápidas, mucho más astutas que los bichos, y pocas veces aparecen por aquí.

Esta es la tercera vez que lo sacan al patio. El no ve nada, sólo un intenso fuego que le quema los ojos. Poco a poco logra divisar algunas sombras indefinidas. Lo amarran al palo, y entonces escucha las voces de mando, y comprende que lo van a matar. Siempre se desmaya y luego despierta cubierto de mierda y orine, y lo arrojan entre risas a la celda. No sabe si lo han matado de verdad o si está vivo. A lo mejor tiene más vidas que un gato, el gato, ése es él. Odia esos viajes al patio, la tortura de la luz, el simulacro. Siente mucho miedo, si lo dejaran tranquilo en su celda. Siente pasos en el corredor. El guardia introduce por el agujero de la puerta el cacharro de la comida. Vacío, otra vez vacío, hijo de puta. Es el mismo hijo de puta. Dentro de un rato vendrá a joder, a gritarle cosas. Se divierte mucho con eso. Algunas veces le golpea, lo coge de saco, de puchimbá. Pero ya no, ya no hace eso. Ahora le grita "abrecaminoespantamuerto". A veces abre la celda, le da dos o tres patadas y se orina sobre él, lo escupe, le dice maricón, contrarrevolucionario, y le pega hasta sacarle sangre. Cuando le sacan sangre vienen los bichos, y aprovecha para cazarlos con más facilidad. Los demás guardias lo ignoran, a veces alguno le grita cosas por aburrimiento, pero cuando está este cabrón. Siente los pasos por el pasillo, una puerta que se abre, gritos. Alguien pide misericordia, alguien llama a su madre, alguien pide perdón coño por su madre teniente. El se ha acostumbrado. Al principio, bueno, antes, no podía dormir. Pero ya no los escucha. Pero éste grita como hace tiempo no escuchaba a nadie gritar. Lo manda a callar, que lo dejen tranquilo en su celda, que no vengan a buscarlo para martirizarlo con la luz. Es feliz aquí. Si no fuera por ese hijo de mala madre y por los otros que lo sacan al patio. Tranquilo, tranquilo. Se muere de sed y de calor. Es un horno, un maldito horno. ¡Cállate ya, hijo de puta!, le grita al hombre que no deja de pedir que le perdonen. De pronto cesan los alaridos del hombre, y sólo algún que otro lamento se escucha de vez en cuando.

Hace calor. Aquí siempre hace calor. Pero cuando dice a hacer frío, entonces sí que es Siberia. Pero hoy hace calor y hace silencio. Ya no se escuchan los quejidos del tipo. Es una noche tranquila. A veces el griterío es tremendo y se escuchan malas palabras y golpes y maldiciones. Pero él ya ni escucha, que sólo quiere que lo dejen tranquilo, y el guardia lo deja tranquilo, no viene. Parece que está bastante entretenido con el otro, y sigue cazando y juega con los bichos.

Lo vienen a buscar de nuevo al amanecer. Apenas se sostiene. No puede caminar, los guardias se niegan a aguantarlo. Está sucio y apesta. "Está todo cagado, teniente", dicen, y le golpean para que camine. El teniente obliga a los guardias a arrastrarlo. Que se hace tarde, no pesa nada, es un esqueleto cubierto de mugre, y la luz en los ojos. De nuevo al patio. De nuevo a jugar a que lo matan. El sólo quiere que le dejen tranquilo en su celda. Se pone cabrón y se revira. Muerde la muñeca de uno de los soldados que le arrastran, y una lluvia de golpes cae sobre lo que una vez fue un cuerpo, y le gritan gusano de mierda. El no entiende nada, y pierde el conocimiento.

Tiene sed. Despierta amarrado al poste. No le vendan los ojos, ¿para qué? Ve sombras alineadas frente a él. Siente menos miedo. La primera vez se desmayó nada más que lo amarraron al poste. Escucha las voces, el sonido de las armas. Terminen de una vez, él sólo quiere regresar a su celda. A esta hora es que aparece el chorrito de agua. Si se siguen demorando se va a ir el agua. Les grita "terminen, que se va el agua". Después tiene que conformarse con lamer la pared húmeda. La segunda vez se desmayó cuando las voces de mando. La tercera aguantó un poquito más, pero siempre esperaban un tiempo para volver al jueguito del fusilado.

Le duelen los ojos. El sol le quema la cara. Es un sol suave del amanecer, pero se ensaña con su piel acostumbrada a la sombra. Se demoran. Escucha con alivio las voces de mando. Esta vez no siente miedo. Quiere que acaben ya para regresar a su celda, extraña su pequeño rincón, sin sol y sin guardias que ahora no los ve bien, pero escucha que le apuntan y siente la orden de fuego y ve las llamitas que se encienden ante sus ojos, y un golpe terrible en el pecho y el abdomen, y el sonido de los disparos. Dolor. Esta vez no se desmayó, y la sangre y una lasitud y la oscuridad, como si apagaran el sol de golpe y los pasos conocidos del teniente que se acerca y le pone algo frío en la cabeza.

Muerte en la carretera

"Habíamos obtenido una gran victoria sobre los 'bandidos del Escambray'. La banda de Agapito, dispersa por la emboscada que le tendimos cerca de Bocambuilan, fue aniquilada sin resistencia. Yo mismo le di muerte a Agapito Capote junto a una ceiba. Le disparé casi a boca de jarro con el M1. Recuerdo sus ojos fieros llenos de odio. Miraba como si quisiera arrebatarme la vida con la mera fuerza de la mirada. Los prisioneros fueron fusilados en el lugar.

"Festejábamos la victoria. Ibamos en el jeep tres oficiales del Ejército y un miliciano. Compramos ron en una tienda al borde del camino, varias botellas de un alcohol bravo que pronto nos puso alegres. Comenzamos a disparar a todo lo que pudiera servirnos de blanco en la carretera. El teniente Sosa alardeaba de su puntería con la 45, un arma difícil que el hombre manejaba a la perfección. Arboles, animales, señalizaciones de tránsito, postes, eran objeto de nuestra competencia de tiro al blanco.

"Cada vez estábamos más achispados. El chofer del jeep, un miliciano habanero, trató de detener la cada vez más atrevida competencia, pero el teniente Sosa y yo impusimos nuestra autoridad, y el hombre prefirió hacer silencio y atender a la conducción del vehículo.

"Los guajiros corrían a ocultarse al paso del jeep. La carretera de Trinidad era poco transitada a esa hora de la mañana, algún que otro bohío la bordeaba de vez en cuando. El teniente Sosa y el capitán Bermúdez propusieron jugar a la ruleta rusa. Ya íbamos por la segunda ronda cuando, próximos a un caserío, les vimos avanzar por el borde de la carretera. Eran dos muchachos, dos guajiritos. Más de cerca vimos que se trataba de un niño pequeño y una niña de unos 8 a 10 años. Llevaban una lata colgada por un alambre a un palo que ambos sujetaban por los extremos. Era una forma común de cargar el agua en el campo.

"El teniente Sosa apuntó a la lata, y apostó cinco pesos a que hacía blanco con el jeep en movimiento. Disparó y falló. Los niños quedaron paralizados un instante por el estruendo del disparo. La niña miró hacia el jeep que se aproximaba a toda velocidad. Aún sostenían la lata, pude ver su cara de asombro cuando el arma, esta vez en manos del capitán, hizo fuego. La vi saltar en el aire alcanzada por el terrible impacto de la 45.

"El jeep no se detuvo. Vimos una mancha tendida en el suelo, el chispazo de flores rojas de un vestido, unos pies descalzos, la silueta del niño recortarse en el horizonte, y un grito que se perdió en el aire matutino.

"No paramos hasta la ciudad. Nadie decía nada. La pistola seguía en la mano de Bermúdez. Recuerdo el rostro pálido del miliciano y el silencio. Entramos al puesto de mando del Ejército. Como oficial de mayor graduación, reporté el incidente como un ataque de los bandidos. Habíamos acudido al escuchar los disparos y salido en persecución infructuosa de los atacantes, en vano. Conocedores del terreno, los bandidos habían logrado ocultarse.

"Una fuerza bajo el mando del teniente Sosa salió a inspeccionar el lugar sin obtener mayores resultados. Todo parecía salir bien, pero pronto la versión del niño alarmó a la población, y un grupo de airados vecinos se acercó al puesto, exigiendo explicaciones. Logramos acallar las sospechas por unas horas, pero el niño era un testigo peligroso, y ordenamos detenerlo para que sirviera de testigo de la nueva fechoría de las bandas.

"A la tarde miles de trinitarios rodearon el puesto exigiendo aclaración de los hechos y justicia. Les largué un discurso sobre la probidad revolucionaria y las calumnias de los enemigos de la Revolución, pero según pasaban las horas se complicaba más la situación. Pedimos refuerzos, y una compañía de soldados vino a custodiar el puesto.

"El velorio de la niña fue un acontecimiento memorable. La ciudad estuvo al borde de la rebelión, hubo que efectuar algunas detenciones, reforzar las guardias, concentrar varias unidades en el centro y dispersar a los grupos que exigían se investigara el caso".

El hombre hizo silencio. Aguardé unos minutos. "¿Y nunca se supo la verdad?", le pregunté.

"Sí, mucha gente sospechó, y algunos dieron crédito al testimonio del niño, pero todo quedó ahí. Eran tiempos difíciles, yo fui trasladado primero a la Cabaña, en La Habana, y al poco tiempo a Camagüey, a las UMAP".

"Entonces, ¿los asesinos quedaron impunes?"

"Tú eres el primero en conocer la verdad".

Hizo silencio de nuevo, encendió el mocho de tabaco, y con un gesto dio por terminada la historia. Ya no hablaría más por hoy.

El Chino

"El hombre no hablaba. Camejo le había dado con todo, y el tipo permanecía en silencio. No sé si serían ideas que yo me hacía, pero el hombre sonreía. Del cuerpo escuálido por los días de hambre, del rostro demacrado, casi irreconocible a consecuencia de los golpes, emanaba una energía, una fuerza indefinida que causaba molestia.

"Se lo llevaron casi a gatas por el pasillo a oscuras, el rostro tapado por una capucha negra, desnudo. Camejo desesperaba, llevaban una semana de interrogatorio y el detenido no decía palabra. Lo llevaron a la sala especial, al sótano.

"Era el único capturado con vida del grupo de Polito, vinculado al MRR en Las Villas. Un delator nos había señalado el escondite del grupo clandestino de propaganda. La sorpresa nos permitió acabar con ellos sin encontrar apenas resistencia. Eran seis hombres y una mujer. La mujer murió en la acción, los demás fueron ametrallados por orden del comandante Camejo en el pasillo que conducía a la calle. El único sobreviviente del grupo fue capturado minutos después, al intentar, desconocedor de lo acontecido, penetrar en la vivienda del reparto Capiro, en Santa Clara.

"Entre Camejo y dos de los soldados que nos acompañaban desarmaron al contrarrevolucionario, lo condujeron a uno de los cuartos de la vivienda y lo amarraron a una silla con su propio cinto. Ahí comenzaron a golpearlo, sin mediar preguntas, por puro odio. Golpeaban ferozmente, sin método, por cualquier parte. Uno de los soldados arrancó el cable de una lámpara de noche y comenzó a dar corriente en las tetillas, en los labios y los oídos del hombre.

"Un teniente de la Seguridad del Estado intentó llevarse consigo al prisionero, cosa que Camejo no permitió, argumentado que pertenecía, el detenido, al Puesto de Mando de Operaciones Especiales. Al final, el teniente se marchó y el hombre fue conducido a una casa en las afueras de la ciudad, una bella mansión convertida en centro de detención e interrogatorios para detenidos especiales.

"Era una sucursal del infierno. Los presos eran sometidos a todo tipo de humillaciones y maltratos. Permanecían encapuchados y desnudos desde su llegada. Les daban poco agua para beber, no les permitían asearse, la comida escasa les era suministrada a horas diferentes del día. Permanecían encerrados en habitaciones con aire acondicionado en algunas ocasiones o en unos calurosos sótanos en otras, o alternaban ambos lugares. Les azuzaban perros pastores mientras eran conducidos a las salas de tortura. Durante los tres primeros días caían en manos de Camejo y su grupo. Era el período de ablandamiento, donde eran sometidos a golpizas, choques eléctricos, eran humillados. Camejo acostumbraba a obligar a los presos a beber su orina, les embarraba heces fecales, los escupía, los ponía a ladrar como perros, etc. Al tercer día, si el preso no confesaba, los cogía El Chino.

"En el caso que nos ocupa, Camejo se había tomado la cosa como algo personal. Aquel hombre sonreía a sus verdugos, y de sus labios apenas escapaba una queja. No sabíamos su nombre, nada de él, guardaba empecinado silencio. Era una masa amorfa, cubierto de moretones, inmundicias y sangre coagulada. Camejo le había quitado la capucha el segundo día porque el hombre no emitía sonido. Llevaba una semana interrogándolo, al menos quería saber su nombre, pero el tipo le miraba con lo que le quedaba de ojos, y sonreía. Las preguntas caían con furia, machaconas. Nombre, dirección, nombres y direcciones, danos un nombre y te salvas de este calvario. Pero nada, silencio, ni una palabra, ni para ofender.

"A la semana, el comandante Camejo, jefe del Puesto de Mando de Operaciones Especiales, verdugo voluntario y por placer, desistió y cedió su lugar al especialista, al Chino.

"Era un hombre viejo, un chino viejo. Vestía siempre de civil y no conversaba con nadie. Hacía su trabajo y luego se marchaba sin decir palabra. Su rostro no reflejaba emoción alguna. Era fama que quien caía en sus manos hablaba a los pocos minutos.

"Ese día llegó, se acercó al preso, lo contempló unos minutos y luego solicitó que todos se marcharan de la habitación. Luego, repentinamente, pidió un ayudante. Camejo me ordenó quedarme.

"Miró fijo a los ojos del preso, abrió su maleta de cuero negro y extrajo un envoltorio de tela gris que desenvolvió sobre una mesita de metal niquelado. Pude ver agujas de distintos tamaños, pinzas, bisturís, unos pequeños martillos y otros artilugios desconocidos. Se los mostró al hombre.

"Tomó una de las agujas y se la introdujo al tipo en una zona del cuello. Despacio, muy lentamente, la aguja fue hincándose en el cuello. El Chino la hacía girar. Unas gotas de sudor aparecieron en el rostro del prisionero, nada más, ni un gesto de dolor, nada. El Chino se sentó en una banqueta alta a observarlo. El hombre le sonrió.

"El Chino tomó una jeringuilla e inyectó algo al hombre en las venas. Luego le dio un pequeño tajo con el bisturí en una de las rodillas. A los pocos minutos otro bien cerca del primero, en la articulación, después bajo el brazo. Preguntó: nombre, dirección. 'Di tu nombre o vas a sufrir'. Movía de vez en cuando la aguja. El hombre no emitía sonido alguno.

"Introdujo otra aguja, ahora en el hombro, y le dio un corte en la axila, en la otra axila, en la articulación del codo. 'Nadie aguanta la tercera aguja', dijo, y removió las dos que sobresalían del cuerpo martirizado. El prisionero le miró fijo a los ojos y le sonrió. ¿Cómo era posible? 'Habla de una vez', le dije, 'habla', y el tipo me miró con desprecio. Sí, había un profundo desdén en su mirada.

"Llegó la tercera aguja, y luego la cuarta. Una en la espalda, otra entre los ojos y más cortes de la cuchilla. La sangre y el sudor corrían juntos por el cuerpo del hombre, que ya no sonreía, pero tampoco decía palabra. Unos pequeños estremecimientos le recorrían el cuerpo. 'Habla, por favor', le pedí. 'Habla, coño, termina con esto'. El bisturí cortaba con una calculada frecuencia, y el cuerpo del tipo se estremecía.

"A las seis horas de interrogatorio, El Chino recogió sus instrumentos y se marchó. Camejo entró y dio la orden: 'Este no va a hablar, mátenlo'. Lo llevaron al patio trasero de la casa y le dieron un tiro en la nuca.

"Era una hermosa casa en las afueras de Santa Clara, cerca de donde está el motel Los Caneyes. Estilo moderno, con grandes ventanales de cristal verde al frente. Tiene dos plantas, sótano y una piscina pequeña en forma de frijol. En el patio trasero hay una fosa común. En ella yacen cientos de hombres y mujeres, casos especiales. No hay testigos, de esa casa nunca se salía vivo".

Automutilaciones

"Tú te empeñas en lo de la UMAP. Compadre, hay cosas más interesantes. Puedo hablarte de La Cabaña o de cualquier otra cosa.

"Bueno, tienes razón, la UMAP fue mucho con demasiado… sí, yo recorrí casi todos los campamentos… cuando decidieron acabar con aquello me encargaron una investigación. Fui campamento por campamento, los compañeros no entendían lo que pasaba, muchos fueron castigados. ¿No me crees? Unos pocos, mal mirados, bocones, que no fueron dialécticos, fueron a parar a la vida civil. ¿Qué más tú querías? Ellos sólo cumplieron con su deber. Esos tipos, los UMAP, eran lacras sociales, lo peor de la sociedad. Si te pones a mirar derecho, la Revolución les daba la posibilidad de reeducarse. La idea como tal fue buena, lo que pasa es que los hombres que tenían que cumplir con la tarea cometieron excesos por ignorancia, frustración, rencor.

"Sí, como tú dices, nada justifica lo que pasó, pero lo que sucede es que miras al problema con los ojos de hoy. En aquellos años era diferente, construíamos una sociedad superior, habíamos avanzado un palmo en la escala humana, habíamos ascendido en la evolución a la categoría de comunistas, la más alta de la especie. Para construir ese futuro necesitábamos un hombre nuevo, y nosotros teníamos la misión de formarlo.

"Claro que lo creí. No, no era analfabeto. Yo había estudiado en la Universidad hasta que la cerraron. Entonces subí a la Sierra. Por eso, por estar preparado, fue que creí. Estaba convencido de que construíamos una sociedad superior, que éramos hombres selectos. Si pasabas por la Rampa encontrabas a esos tipos con sus melenitas, perdiendo el tiempo, escuchando esa música decadente, del capitalismo. Veías a los maricones, pervertidos, pura escoria, y los comparabas con nuestros milicianos, con los alfabetizadotes, los obreros revolucionarios, y te dabas cuenta de que algo andaba mal, que a las papas podridas había que sacarlas del saco. No se podía tener piedad, estaba en juego el futuro.

"Uno de los peores campamentos, en mi opinión, era el de Manga Larga. Ahí los mosquitos eran fieros, enormes, volaban en bandadas negras y se cebaban en los prisioneros.

"Se castigaba a los confinados de diversas formas. Los amarraban a los postes a la entrada de los campamentos, desnudos. Permanecían largas horas sin beber agua, a sol y luna, acribillados por los mosquitos. Otro castigo era el cepo, que consistía en un cajón de madera con el piso de cemento, de medio metro cuadrado, donde metían al soldado UMAP en cuclillas y lo cerraban con candado. Amarraban a los UMAP en las cercas de alambre de púas, los enterraban vivos, los metían en la llamada 'perra', un agujero donde cabían dos o tres personas. Los ponían sentados, desnudos, luego colocaban un saco arriba y les echaban tierra. Si no cumplías con las normas de trabajo te quitaban la comida. Las palizas eran habituales, las ofensas, las humillaciones… sentaban desnudos a los que se negaban a usar el uniforme militar encima de hormigueros… hundimientos en las letrinas llenas de excrementos, ahogamientos, falsos fusilamientos, flagelaciones con cables eléctricos torcidos, fracturas de miembros, etc. Formaban parte del repertorio 'educativo' en las UMAP.

"Los confinados intentaban fugarse constantemente, pero eran perseguidos por los LCB (unidades especiales de Lucha Contra Bandidos). Capturados, eran sometidos a bárbaros castigos. Los campesinos, influenciados por la propaganda oficial, les negaban ayuda a los 'delincuentes' fugados, y los entregaban a las autoridades. Otra vía de 'escape' eran las automutilaciones. Se cortaban los tendones de la mano con el machete, se amputaban miembros. Muchas veces solicitaban ese 'servicio' a su compañero de faena. Existía un grupo de confinados a los que decían 'los cirujanos', que cortaban a sus correligionarios a solicitud de éstos, desesperados por escapar de aquel infierno una hora, un día, lo que fuera. También abundaban los suicidios.

"Sí, recuerdo algunos nombres de campamentos: Antón, Ceballos, Cunagua, La Cien, Cubitas, Chambas, Gato Prieto, Guayabal, Infierno, Kilo 8, Las Tumbas, Manga Larga, Purificación, Mola, Tres Golpes. Era unos 60, aproximadamente, en la antigua provincia de Camagüey. Más o menos 35 mil pasaron por los campamentos. Creo que fueron 720 los muertos. Duró del 65 al 68.

"Se ordenó guardar absoluto silencio. Fidel mandó a destruir los campamentos y borrar todas las huellas de la barbarie".



(VI) El parque en penumbra, sentados en el césped bajo los flamboyanes, un grupo de jóvenes conversa. Uno de ellos toca una vieja guitarra de cajón, y los demás cantan a su alrededor. Llevan el pelo largo, visten jeans y camisetas ajadas y sucias. Los transeúntes que cruzan a esta hora por el parque de 15 y 6 en el Vedado les miran con mala cara.

Witches gather at black masses
Bodies burning in red ashes
On the hill the church in ruin
Is the scene of evil doings
It's a place for all bag sinners…

Canta a toda voz el muchacho de la guitarra, los demás le corean y fuman de un cigarillo que pasan de mano en mano. Son muy jóvenes, ninguno sobrepasa los 20 años.

Match them eating dead rats' innards
I guess it's the same wherever you may go
Oh Lord yeah…

Walpurgis, de Black Sabbath, grupo que crea furor entre los jóvenes seguidores de esa música. Los muchachos se entregan a un verdadero frenesí mientras repiten, cada vez con más fuerza, a pleno grito "oh Lord yeah". Hay mucho de desafío en este grito y en la actitud de esos jóvenes de pelo largo. No hacen nada malo, sólo cantan sus canciones favoritas. Pero están en La Habana, Cuba, en 1971. Ya quedaron atrás los peligrosos 60, en que por menos que esto podías ir a parar a un campamento de las UMAP en plena llanura camagüeyana. Eso dicen.

Carry banners which denounce the lord
See me rocking in my grave
See them anoint my head with dead rat's blood
See them stick the stake through me
Oh Lord yeah…

Un auto patrulla de la policía pasa despacio por la calle 15. Se detiene unos segundos, y un policía conversa con un hombre oculto en las sombras de los flamboyanes de la acera. Minutos después, dos camiones verde olivo se detienen en la calle 6. Hombres de uniforme saltan ordenadamente a la acera. Un capitán da las órdenes. Es un tipo de mediana estatura, enjuto. Suelta las órdenes como ladridos. Los soldados corren formados en dos hileras a través del parque en dirección a los jóvenes de pelo largo. El muchacho de la guitarra los ve llegar y da el aviso. No se mueven del lugar, comienzan a cantar, más alto esta vez, el War Pigs de Black Sabbath.

Los guardias se lanzan contra el grupo, armados de sus cascos de acero pintados de blanco. Son los temidos cascos blancos. Golpean sin misericordia, a diestra y siniestra. Corre la sangre, y se escuchan quejidos mezclados con la canción que no cesa hasta pasados unos minutos, en que los guardias rompen la guitarra del líder del grupo, y lo hacen caer a tierra mientras le propinan una verdadera paliza.

Los amarran unos a otros por las muñecas. Forman una hilera ensangrentada y rota. Los alinean frente al camión. El capitán corta con una tijera los cabellos, corta las campanas de los pantalones, corta las cadenas y abalorios que cuelgan de cuellos y muñecas.

"Lacras sociales, maricones, lumpens, pelúos, desviados ideológicos, depravados penetrados…" Esas y otras lindezas les grita el capitán. "Los va a coger la rueda de la historia, lacras, desviados, viciosos…" y repite una y otra vez el repertorio de insultos. Los jóvenes guardan silencio con la cabeza baja. Los más lastimados se sostienen como pueden de sus compañeros en mejor estado.

Desde los edificios circundantes los vecinos contemplan la escena. Algunas ventanas se cierran. Es una tarde hermosa, comienza a anochecer. El capitán orden a los muchachos subir a los vehículos. Entre empellones y golpes de los guardias trepan a los camiones verdes.

En medio de la tarde que se cierra, desde uno de los camiones se escucha la letra de una canción que habla de un hombre de hierro, de un hombre ciego y de una revancha. Los golpes la acallan enseguida.

Desde un banco del parque de 15 y 6 en el Vedado, escondido entre las siemprevivas, oculto del capitán, del auto patrullero y de los vecinos, un John Lennon que aún no es bronce sentado en el parque, que aún no es icono ni es compañero de fotos para turistas, cruza las piernas, baja la cabeza, y escribe sobre ciertas cosas que imagina, sobre ciertos sueños.



(VII) Es una tarde apacible. El lugar, una vieja residencia que perteneció a alguna de las familias exiliadas en el 60, ahora convertida en "centro de trabajo", conserva algo de su belleza original. En la puerta de caoba han puesto un cartel: "Centro de…" En la entrada, un buró de hierro y formica interrumpe el paso. Detrás, una secretaria con cara de aburrimiento apenas nos presta atención cuando pasamos por su lado.

En el alfarje barroco del techo, a mitad de un pasillo que quizás en otros tiempos fue centro de un salón, pero que ahora está dividido en decenas de cuartones de madera, cuelga un cartel: MTT (Milicias de Tropas Territoriales). En la entrada de lo que antes fue un comedor, nos sorprende otro cartel: "Brigadas de Producción y Defensa". Abrimos una verja de hierro y salimos al patio, donde otro cartel nos dice "Autconsumo". Matas de plátanos mustias, mezcladas con calabazas y malas yerbas. Al fondo, en lo queda del aljibe, otro cartel nos avisa que hay un refugio. No lejos del aljibe, bajo dos matas de aguacate, un cartel calzado con un taburete indica "Imprescindibles".

Nos sentamos en unos sillones desvencijados, a la sombra de un techo de fibrocemento, rodeados por el platanar. Enciendo la grabadora.

"¿Parametrización?"

Sí, exacto.

"Oigame, compadre, usted se baja con cada numerito".

Guarda silencio. Luego, con una sonrisa ladina: "¿Usted cree que yo soy el diablo o algo de eso? Resulta que quieres relacionarme con todo lo malo que pasó en este país. Mira, chico, no tengo idea de lo que significa eso".

Imagino que no, pero quise hacer un disparo a ciegas. Fue una corazonada, pero el hombre dice no saber nada de eso. Tiene razón. Después de las cosas que me ha contado un poco que lo demonizado. Además, qué relación podía tener con lo que pasó en la cultura.

Realmente el tema se conoce bien poco. Le explico que fue un proceso que tuvo lugar en el sector de la cultura, donde muchos prestigiosos actores, directores de teatro, bailarines, escritores, fueron separados de sus centros de trabajo. Se les prohibió ejercer su arte por ser homosexuales. Una comisión medía una serie de parámetros que debía reunir un artista revolucionario. Si usted no los cumplía, tenía que dedicarse a otra cosa. Bastaba una denuncia anónima o la delación de un colega para ser expulsado y humillado. Directores de teatro como Roberto Blanco y muchos otros prestigiosos intelectuales y artistas sufrieron ese proceso. Le explico que realmente no sé mucho de eso, que ha sido una cosa muy bien silenciada.

"Venga acá, compadre, ¿por qué usted defiende tanto a los maricones? Yo no sé nada de ese proceso que tú dices, pero siempre que analices una época tienes que ubicarte en el momento histórico concreto. Estábamos construyendo una nueva sociedad, infinitamente superior. Para construir esa sociedad necesitábamos un nuevo tipo de hombre".

¿Y así es como pensaban crear ese hombre nuevo? ¿Reprimiendo? ¿Persiguiendo a los diferentes? ¿Qué clase de sociedad superior era ésa, basada en la más absoluta intolerancia?

Guarda silencio unos instantes. Se ve molesto. Mordisquea el sempiterno mocho de tabaco. Luego, con cierta seguridad, responde.

"Habíamos heredado rasgos negativos de la sociedad anterior. Rasgos debilitadores. Había que borrar esa herencia. ¿Cómo podíamos sobrevivir frente al enemigo poderosísimo que estaba decidido a aniquilarnos, si nos mostrábamos débiles o pusilánimes?"

Creo que estás confundiendo intencionalmente la gimnasia con la magnesia. La tal sociedad que construían es infinitamente deshumanizada, intolerante, dogmática, terrible, y no tiene nada que ver con enemigos de ningún tipo.

Como si no me escuchara, me interrumpe y continúa. "¿Crees que con un atajo de gansos se puede defender la patria? ¿Crees que con tipejos blandengues, pura natilla, se podía encarar el tremendo reto de construir el socialismo a 90 millas del Imperio?"

Entonces, ¿crees que eso que se hizo fue correcto? ¿Las UMAP, la parametrización, etc.?

"Tú no entiendas nada, compadre. Los americanos…"

No le echen más la culpa a los americanos, qué americanos ni americanos. Ahora soy yo el que interrumpe y se pone furioso.

"Tú lo que eres es un desviado ideológico, un…"

¿Qué, me vas a parametrizar?

Me contempla con una furia que poco a poco se va apagando. Luego sonríe.



(VIII) "Te voy a presentar a un amigo de los años. Ese sí es el diablo, y si no, se le parece bastante. Le decían el Músico", me dijo la última tarde en que conversamos, bajo el techo de fibrocemento del patio, rodeados de matas de plátano de los llamados burros, esa especie que según el "Gran Agricultor" iba a solucionar el problema del hambre en el país en los años 90.

Nos pusimos de acuerdo. Pasé a recogerlo y luego de un interminable viaje en el "camello" llegamos a nuestro destino. El antiguo Reparto Eléctrico, donde antes vivían los trabajadores de la Compañía de Electricidad en casas hermosas con jardín al frente, rodeadas de árboles. Hoy es un conglomerado de megalitos grises, repetidos hasta el infinito. Polvo, calles sucias y llenas de baches. Caminamos largas cuadras hasta llegar a un edificio con el número 40 en uno de sus costados. "Es aquí", dijo mi acompañante. Subimos las empinadas escaleras hasta el cuarto piso, y tocamos a la puerta.

Nos abrió un individuo gordo, en bermudas, camiseta y chancletas. A pesar de lo temprano de la mañana -serían más o menos las 9 y 30- el tipo olía a alcohol de la peor clase.

"Entren".

Se abrazaron. Luego, el hombre intentó repetir el saludo conmigo, pero logré impedir el estrujón. El apartamento era pequeño, una típica habitación de microbrigadas. Dos sillones y una mesa eran los únicos muebles. En la pared, un cuadro enorme de Fidel Castro. A su lado, Che Guevara, meditabundo, contempla la lejanía.

"Mira, Raúl, él es Angel Cruz, el capitán Angel Cruz, el rey de la llanura camagüeyana. El Músico".

El gordo entrecierra los ojos inyectados de sangre. Pequeños ojos de cerdo rodeados de pestañas rubias. Se golpea el vientre con los dedos regordetes de uñas largas y sucias. Me mira con desconfianza.

"El compañero trabaja conmigo, es de confianza".

Mete la mano en un maletín que trae consigo y extrae una botella de ron. Los ojillos de cerdo se iluminan, y entreabre la boca en un inconsciente gesto de placer. Nos sentamos en los sillones desvencijados. El gordo va a un cuarto y trae una silla de hierro. Sirve en unos vasos plásticos. De un golpe se bebe todo el contenido.

"Eso lo aprendí de los rusos, no hay nada comparable", dice, y bebe otro y luego otro, así de un golpe, sin coger aire. Su rostro se ilumina, la camiseta fue en mejores tiempos blanco, y enfrente tuvo unos fusiles cruzados o algo así. Ahora es gris y está cubierto de costurones y agujeros. De pronto se pone alegre y comienza a hacer chistes picantes, uno tras otro, sin dejar que mi acompañante ponga una. Me impaciento, no vine hasta aquí para escuchar chistes de Pepito.

El alcohol sigue corriendo y la botella se agota. El trae otra de la cocina. "Chispa 'e Tren Añejo".

De la botella brota un espeso olor a queroseno. Se sirve sus habituales tragos rusos. Espero que de un momento a otro caiga redondo en el suelo, pero eso no ocurre. Mi acompañante sabe lo que hace, e introduce poco a poco el tema que me interesa. Va llevando la conversación de la situación actual a la remembranza.

"Eran otros tiempos, compadre. Entonces no permitíamos esas cosas", dice, y me palmea con fuerza las rodillas. Mi acompañante habla de Camagüey, de las UMAP, y dice con tono altisonante:

"Aquí tienes al capitán Angel Cruz, un tipo duro de verdad. El sí te puede contar cómo era aquello. Con él sí no había cuentos de camino. Fue jefe de campamento, del mejor campamento de las UMAP".

El gordo ríe halagado, y comienzan a intercambiar elogios, a mencionar méritos, a contar anécdotas de la guerrilla en la Sierra, a hacer cuentos del Che, de Fidel, del Vaquerito, y continúan los tragos y salen a relucir más botellas de "Chispa 'e Tren Añejo".

Pienso que no van a terminar nunca de hablar, y comienzo a hablar de interrogatorios ficticios en que participo como oficial de la Seguridad. Hablo de los presos, de lo difíciles que se ponen. Mi acompañante mira extrañado, pero capta la seña, se da cuenta de que estoy tirando de la lengua del gordo para llevarlo a donde yo quiero, y entonces dice:

"Cuéntale, capitán, cómo era tu submarino".

El hombre ríe a carcajadas. "Oigame, compadre, eso no lo aguantaba nadie. Lo aprendí en una película de japoneses. Ponía a una de esas sabandijas a cantar en inglés cualquier canción de ésas de los Beatles, a uno de ésos que estaban allí por diversionismo ideológico. Lo mandaba a buscar para que cantara mientras yo interrogaba a los nuevos detenidos. Los tipos nuevos gritaban asustados, se orinaban de miedo cuando llegaban a la cabina de audio, como le decíamos al lugar de los interrogatorios. Venían con la cabeza tapada por una capucha, y les dábamos un pase de golpes para ablandarlos. El local tenía mucho eco, y los gritos ensordecían. Entonces es que llamábamos a uno de los más viejos, de los detenidos por diversionismo y le pedíamos que nos cantaran una canción de los Beatles. Si se negaba, le aplicábamos el submarino amarillo. Si cantaba se lo aplicábamos igual. ¿Por qué? Porque el objetivo era ablandar al nuevo ingreso, hacerle ver que no tenía salida, y además era muy divertido. ¿Cómo era eso del submarino? Ya te dije, lo aprendí de los japoneses".

Se dio otra serie de tragos rusos y quedó un rato en silencio con rostro plácido. Sin duda recordaba los "buenos tiempos".

"Es fácil, se amarra al individuo a una silla. Mientras alguien le sostiene la cabeza se le introduce un embudo en la boca y se le comienza a echar agua. Primero poco a poco, después cada vez más cantidad. Oyeme, compadre, con eso todo el mundo canta".

No puedo evitar sentir horror ante este tipo. Mi acompañante me observa, noto que vigila detenidamente mis reacciones.

"Oyeme, cantaban de lo lindo, todo un concierto. ¿Verdad o mentira? ¿Era así o no era así, compadre?"

Mi acompañante asiente y bebe un trago directo de la botella. Hace una arqueada. Les pregunto si eso era en la UMAP. Se miran entre sí un segundo, el gordo ríe divertido.

"¡Estos tipos de ahora! Compañero, eso era en Marianao, en…"

¿En dónde?

Mi acompañante le tapa la boca al Músico. Este le hace una seña cómplice, y ambos comienzan a reír. Es una risa de borrachos, de connivencia. Es una risa que me revuelve el estómago.

De pronto, el tipo se descuelga de la silla, queda en una posición incómoda, de medio lado. La botella vacía rueda por el suelo percudido de la habitación. Es como si lo hubieran desconectado de pronto. Un hilo de baba le corre por la comisura de los labios.

"Vamos", dice mi acompañante. "El Músico está liquidado. Acabas de conocer al diablo".

IX Por esta vez aceptó venir a mi casa. Ya varias personas sospechan de mis visitas constantes a su centro de trabajo, de las conversaciones en el patio, de la grabadora pequeña que utilizo para grabar las conversaciones. Aquí, en este país, existe una gran paranoia, una especie de síndrome del espía, todo el mundo sospecha de todo el mundo y hay más de un aprendiz de policía, que ve en todo aquél que lleva una grabadora o una cámara fotográfica o una libreta de notas en la mano una especie de agente 007, sin negar la existencia de los reales y concretos vigilantes voluntarios o pagados.

Todos sospechan de todos. Si ven a un opositor que se atreve a desafiar al régimen, automáticamente le endilgan el calificativo de agente de la Seguridad. Si ven a un tipo con cierto bienestar económico, que viaja al extranjero, es un espía. Si algún funcionario del Estado hace mal las cosas por ineficaz, por inepto, es agente de la CIA y está saboteando su trabajo.

Vivimos un mundo dividido entre los que trabajan para la Seguridad del Estado y los agentes de la CIA. No hay neutrales, así que si usted se reúne con frecuencia en un mismo sitio a entrevistar a un antiguo oficial del Ejército, grabadora en mano, sospechosamente refugiados en el patio de su centro de trabajo, pues ya sabe, le pueden endilgar cualquiera de los dos denominadores, puede terminar ubicado en uno de los dos bandos. Así las cosas, terminamos en la sala de mi casa. Cómodamente arrellanados en sendos butacones, saboreando un delicioso café -no del que viene por la cuota, por supuesto- bajo el fresco de un ventilador que mitiga un poco el calor de este invierno cubano.

"El Músico era un sádico. El tipo se alzó en el 58, llegó a la Sierra vestido casi como un charro mexicano, con una guitarra cubierta de nácar y un fusil Springfield de la época de la nana. Era arrestado, pero le caía mal a los demás compañeros por su crueldad y su falta de medida para todo. Obtuvo los grados de capitán por su valor en el llano, y al triunfo fue a parar a Camagüey. Allí tuvo problemas con el comandante Huber Matos, no porque disintiera de él y de su actitud, fue por envidia y por un asunto de faldas en que Huber lo amonestó severamente. Cuando fue detenido el comandante, Angel usó eso a su favor.

"Su afición por el alcohol y los abusos que cometió contra los soldados le trajeron dificultades con el mando. Lo enviaron al Escambray, de ahí fue a parar degradado a teniente a la capital, a la policía. Pero en la policía tuvo de nuevo problemas. Creo que hubo un muerto o algo así, no sé con certeza. Lo mandaron castigado de jefe de un campamento de las UMAP. El cargo le vino como anillo al dedo. Ya le decían el Músico porque cantaba corridos mexicanos, pero el apodo le fue ratificado por la crueldad con que trataba a los confinados de la UMAP. Una de sus 'bromas favoritas' consistía en obligar a los confinados a improvisar corridos. Si el hombre no podía hacerlo o se resistía, lo sumergía en las letrinas hasta que le obligaba a cantar.

"Otro de sus divertimentos era el baño turco. Ponía a los castigados por cualquier razón -que bien podía ser desafinar en una canción que te obligaba a cantar en el lugar y en el momento más inesperado-, bajo el chorro a presión de una ducha. El chorro de agua al principio no molestaba, pero según pasaban los minutos se iba convirtiendo en un martirio. Parecía que la cabeza te estallaba, se volvía insoportable. Los castigados perdían el conocimiento. Bueno, nuestro amigo agregaba a esto la obligación de cantar mientras tu cabeza parecía reventar en mil pedazos. Cuando ordenaron cerrar los campamentos, el Músico se sintió defraudado, traicionado. No entendía la razón de la orden y protestó enérgicamente, lo que le costó una sanción, y fue a parar a la Ciénaga de Zapata. Nos volvimos a encontrar en Marianao".

¿Y qué pasó en Marianao?

"Bueno, no era en Marianao, eso lo dijo él por su borrachera. Ya no sabe ni lo que dice. Era una unidad en el Laguito".

¿Qué tipo de unidad?

No contesta. Pide un poco más de café y enciende el mocho de tabaco. Se pone de pie y revisa unos libros que tengo sobre la mesita de centro.

"En el Laguito sí se sintió a gusto, estaba en su elemento, ésa fue su consagración. Formaba hasta coros con los detenidos, y cambió de la música mexicana al folclor afrocubano. Lo que pasa es que era un tipo tan repugnante, borracho, abusador, no sólo con los detenidos, sino también con los subordinados, que por detrás le pusieron el apodo del Diablo, y se rodeó de enemigos por todas partes. Al final lo sustituyeron, y fue degradado de nuevo por sus borracheras. Ahora ahí lo tienes, hecho un guiñapo humano. Vive solo, nadie le visita, en el barrio lo detestan. Así terminó el gran Músico, el Diablo, y yo no estoy mucho mejor, ¿verdad?"

X "Lo mío fue también a causa del alcohol. Sí, un día, borracho perdido, le disparé a un muchacho, hijo de una vecina. Tenía 16 años, milagrosamente no murió. Me volvía como loco, veía cosas, ya no distinguía la realidad de lo imaginario. Ese día estuve bebiendo desde por la mañana en mi despacho.

"Sí, estaba cómodo. Tenía una oficina para mí solo en un centro de investigaciones históricas de las FAR, entre papeles, con aire acondicionado y una hermosa secretaria. Pero el alcohol me dominaba, bebía a todas horas.

"Me esforzaba, intenté dejarlo muchas veces, pero no podía. Era más fuerte que yo. Imagínate, yo era joven, oficial, con auto y un hermoso apartamento en el Vedado, soltero, con un salario excelente. ¿Qué querías? Ya yo tenía el vicio del alcohol, pero entonces no parábamos de fiestar, nos sobraban las mujeres, el dinero y la bebida. Parecía que todo nos estaba permitido, y ese ritmo de vida precipitó las cosas.

"Ese día había estado tomando desde por la mañana. Tenía varias botellas en el despacho. Había un coñac ruso entonces, Aratat o algo así, siempre tenía varias botellas cerca de mí. En el comercio militar o en la casa de los oficiales contábamos con precios de privilegio para cualquier producto, y podía comprar todo el ron o el coñac que quisiera a buen precio, muy barato todo.

"No sé bien qué fue lo que pasó. Dicen que el muchacho venía subiendo las escaleras del edificio, yo estaba parado en el rellano de la escalera y de pronto, sin mediar palabra alguna, saqué la Makarov y comencé a disparar sobre el joven. Dicen que le disparé varias veces, que incluso ya en el suelo le hice dos disparos más. Realmente no recuerdo casi nada, los disparos, el tipo que caía como en cámara lenta, los gritos de la madre, de los vecinos…ç

"No murió, milagrosamente no murió. Tenía siete heridas de bala en el cuerpo, pero no murió. Quedó grave, se debatió dos semanas entre la vida y la muerte, pero sobrevivió.

"Mis jefes y algunos amigos hicieron todo lo posible para que la cosa no fuera a juicio. Trataron de convencer a la mujer para que no hiciera nada, yo le ofrecí montones de compensaciones. Incluso le prometí que garantizaría el futuro de su hijo y el de ella, que me iba a ocupar de todo, pero la mujer no transigió ni ante las amenazas. Además, la cosa había sonado bastante, e intervino el ministro.

"Fui destituido de todos mis cargos, degradado y pasado a retiro. Lo perdí todo en un instante.

"No, no fui a prisión. Por suerte, alegaron demencia momentánea, estrés, etc. Se movieron influencias, tú sabes, además, el chiquito no murió.

¿Qué si fue injusto? Claro que lo fue. Yo soy un veterano, un miembro del Ejército Rebelde, yo me jodí mucho por este país, me jugué la vida cientos de veces, no era para que hicieran así, a un lado para siempre. Total, el tipo no murió, por ahí anda muy campante.

"Recibo un retiro de basura, eso no es nada, compadre. Como están las cosas hoy en día, ese dinerito no alcanza para vivir. Menos mal que conseguí este trabajito de custodio en esta empresa, es un trabajo sencillo, sin muchas complicaciones.

"No, no bebí más. ¿Nunca te hablé antes del asunto de la bebida? No me gusta hablar de eso, hace años que no tomo, estoy sobrio desde ese día en que lo perdí todo, por culpa de ese chiquito el alcohol. Esa es la verdad. ¿Remordimientos? No, ¿por qué tendría que tenerlos?"


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