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Daños colaterales (de La Guerra de Angola) Desde Cuba por Shelyn Rojas LA HABANA, Cuba - Martes 18 de Abril de 2006 (CUBANET) - Antes de ir a Angola, Cresencio Pérez Prieto sólo tenía un problema: era feo. Era un mulato claro de carácter jovial, pequeño, esmirriado, con la nariz ñata y la boca demasiado grande. Había nacido en Banes, Holguín. En 1983 fue a prestar sus servicios a la guerra de Angola. Froilan Osmany Rodríguez lo conoció allá. Compartió con él los pesares de la guerra. En los años 80, muchos jóvenes cubanos en edad militar fueron presionados a acudir a una guerra que no les pertenecía. Les habían enseñado que vivían en una patria libre pero no estaban preparados para la guerra. Lo comprendieron cuando bajaron del avión en Luanda. Estos hechos marcaron sus vidas. Los sueños de muchos terminaron allá. Regresaron dejando la sonrisa en tierras ajenas sin saber por qué. Recuerdos no gratos son relatados por todos aquellos que vivieron tales experiencias. Entre disparos, lamentos y cadáveres de hermanos los desequilibrios nerviosos fueron bautizados como "el síndrome angolano". Cresencio Pérez Prieto fue víctima de este síndrome. Cuenta Osmany que cuando Cresencio llegó a Angola en 1983, con menos de 32 años, era de carácter afable. Lo ubicaron en el frente de Hamba, en la provincia de Huila. A todo el que había nacido en su misma provincia, los cubanos los llamaban tierra. Cresencio, nacido en las provincias orientales, llamaba tierra a todos sus compañeros aunque no fueran sus coterráneos. A los seis meses de estar en Angola, empezó a cambiar el carácter de Cresencio. Empeoraba por día. Se volvió silencioso y se fue apartando del grupo. Se escondía y hablaba solo en los lugares más apartados del campamento. Una noche lo encontraron sentado en su litera, abrazado al fusil, con la mirada suspendida en el vacío. Enseguida le arrebataron el arma. Al amanecer, lo condujeron a la enfermería. Allí decidieron trasladarlo a un hospital donde existieran mayores recursos para atenderlo. Cuando montaron a Cresencio en un jeep para trasladarlo al hospital, le entregaron un fusil. Existía una ley que para salir del campamento había que estar armado para la guerra. Aún no había emprendido la marcha el jeep cuando se escucharon disparos en ráfagas, Cresencio mató a los tres soldados que lo acompañaban. Cinco guardias lograron desarmarlo y lo condujeron amarrado de vuelta a la enfermería. Comenzaron las investigaciones. Fue revisado hasta el buzón de la unidad. Hallaron la carta de Cresencio en que detallaba sus planes. Era una lista de 15 de sus compañeros a los que pensaba matar. Sus mejores amigos, entre ellos Osmany. Después, afirmó que se mataría con un cuchillo. Le dejaron amarrado y custodiado permanentemente durante 3 ó 4 días. Desapareció del campamento, se lo llevaron los custodios. Nunca más se supo de él. Fue otro daño colateral de la guerra de Angola. Arriba |
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