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Los intocables

Desde Cuba por Luis Miguel González, Jagua Press

CIENFUEGOS, Cuba - Miércoles 12 de Abril de 2006 (CUBANET) -

Ser un intocable en la India significaba pertenecer a una de las cuatro castas en que estaba organizada la sociedad.

En el primer lugar del reconocimiento público se encontraba la casta sacerdotal. Luego le correspondía a la casta de los guerreros y gobernantes. El tercer peldaño estaba reservado a los artesanos, campesinos y comerciantes. Finalizaban la escala los intocables.

Los intocables venían a ser una suerte de mendigos o pordioseros, que sólo eran empleados en la limpieza de las letrinas. No gozaban de ningún derecho como ciudadanos, y eran repudiados y eludidos por el resto de las castas. En pocas palabras, los intocables entraban en la categoría de no personas.

Existe una disposición en el orden social cubano que nos lleva a recordar las cuatro castas del pasado indio. En el primer anillo o nivel de poder e influencia podemos encontrar a la élite dirigente, los miembros del círculo más íntimo del gobernante cubano. Este anillo está formado por miembros del Consejo de Estado y de Ministros y del Comité Central del Partido Comunista.

En el segundo plano, los elementos de los cuerpos militares: el ejército, la comunidad de inteligencia y demás dependencias.

Le siguen los componentes de la sociedad civil oficial, en el que se encuentran desde profesionales hasta obreros y campesinos.

La última escala está formada por una suerte de intocables, no personas o pordioseros sociales. Me refiero a los opositores políticos y los miembros de la sociedad civil no oficial.

Si bien en la India el ordenamiento social respondía al linaje que por nacimiento tenía el hombre o la mujer, y que se justificaba achacándolo a supuestas leyes espirituales, en Cuba se establece por razones bien distintas. Aquí esta colocación se debe al grado de compromiso del ciudadano con el poder.

Un intocable en nuestra tierra es quien ha cortado los lazos de dependencia y sumisión que le unían al poder, razón por la que comienza a ser marginado por quienes tienen en sus manos todos los hilos de la trama social, es decir, el estado.

En un régimen totalitario como el nuestro, el estado controla todos los espacios de la vida pública, incluido el espacio privado de la individualidad del ser. Ir contra el estatus presupone un precio a pagar que para la mayoría de los ciudadanos es insoportable.

El intocable cubano difícilmente encuentra un empleo digno o la posibilidad de estudiar una carrera profesional, especialmente las relacionadas con la política, como la historia o la filosofía. Las puertas de muchas instituciones se le cierran, pues no posee un carnet que le acredite como miembro del clan comunista.

Cuando los guardianes sagrados del poder estampan la marca de los condenados sobre las puertas de los herejes malditos, cuando un intocable es nombrado o señalado, no habrá de esperar mucho para ver cómo amigos y vecinos comienzan a evitarle. Aunque en el fondo de su alma sienten respeto y admiración por él, el miedo les enturbia la conciencia, y por razones de seguridad se van apartando.

El marginado en la India sólo se desembaraza de tal situación con el advenimiento de la muerte, pues considera que su condición es cuestión de destino y por tanto ineludible. En Cuba, un intocable podría tratar de cambiar su situación ahogando su deseo de libertad y crecimiento personal. Quienes no aceptan tal alternativa se ven abocados ante una encrucijada: o luchan por transformar la realidad que les lacera o toman el camino del exilio.

Sin embargo, considero que no está lejos el día en que, como en la India, los intocables cubanos tendrán que desaparecer, pues si bien el siglo XX fue una era cargada de violencia y odio, el XXI promete ser una época donde el amor, la solidaridad y la tolerancia predominarán.


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