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Escape nocturno Desde Cuba por Lucas Garve, Fundación por la Libertad de Expresión LA HABANA, Cuba - Jueves 6 de Abril de 2006 (CUBANET) - Cada noche, al regresar a casa, no me viene a la mente la imagen del reposo. Pienso más bien en cómo llegaré, en lo que me deparará la suerte. A las 8 de la noche los ómnibus van tan atestados como los que pasan a las 3 de la tarde o las 7 de la mañana. Anoche la suerte me sonrió. Se enamoró de mí y me acompañó. A veces, hasta la suerte tiene mal gusto. Solamente esperé el ómnibus 10 minutos. ¡Y eso sí es tener suerte! Si no, hable con los que me antecedieron en la parada y esperaban regados por el piso cuando los distraje de sus conversaciones al preguntar por el último. Así que fui el último en montar al cacharro. Tendría que coger otro vehículo aún para arribar al suburbio donde vivo. Durante el trayecto en el ómnibus que me acercaría a mi destino no me crucé con ningún "camello". Me la jugaría luego, en algún carro, quizás. Después de descender de la atestada guagua y caminar dos cuadras, me reuní con unas ochenta personas que esperaban al "camello" que nunca atisbé por toda la Calzada de 10 de Octubre. Pero me sentí incapaz de desalentar a una anciana que me preguntó si había visto alguno en dirección a nosotros. Le mentí, pero ¿no existen las mentiras piadosas? Al cabo de un cuarto de hora registré la cartera y busqué cinco pesos. El precio a pagar por alcanzar la calle más próxima al "hogar, dulce hogar". Me lancé a la calzada, y si usted hubiera sido testigo, hubiese pensado que movía el brazo derecho para señalar hacia el frente, pero no. Sepa que era la seña para indicar mi destino. Por fin apareció un auto que frenó y le grité con la fuerza que me quedaba el nombre del lugar al que quería llegar. El chofer asintió. Monté y detrás de mí tres personas se abalanzaron a alcanzar las puertas del Lada. El chofer arrancó con el ímpetu que solamente la prisa concede. Al alcanzar el entronque que conduce al barrio Párraga, tomó por él. Los pasajeros creímos por un instante que todos nos equivocamos y que habíamos montado el vehículo equivocado, pero de inmediato el conductor, joven y apurado, nos sacó de dudas: evadía a toda velocidad un carro patrulla que no vimos, aparcado justamente después de la curva, y sobre todo a los policías que, según él, se preparaban a seguirlo, detenerlo y seguramente multarlo. Sin disminuir la velocidad enrumbó por un atajo que yo también conocía y que me confirmó que el chofer era del barrio. Gracias a una callejuela, salimos a una bocacalle que da acceso a la calzada principal, ya lejos del patrullero. El silencio de los pasajeros se rompió. Estuvimos de acuerdo en las muchas dificultades que hay que sortear para regresar a la casa, y cuánto hostigan a los choferes particulares para que no transporten a quienes deseen en sus carros, cuando debería suceder lo contrario. Ahora llegaríamos a nuestro destino. Arriba |
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