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Dulces peloteros cubanos Por GINA MONTANER El Nuevo Herald Lunes 27 de Marzo de 2006 Firmas Press Debo confesar que nunca me ha interesado el béisbol. Tal vez porque crecí en un país en el que el deporte rey es el soccer, jamás he entendido la pelota. Sin embargo, el Clásico Mundial, recientemente celebrado en Puerto Rico y San Diego entre otras ciudades, me obligó a prestar atención, no por motivos deportivos, sino por razones políticas. Lo que sólo debió haber sido un amable y festivo torneo se polarizó desde el principio, en lo que respecta a la participación del equipo nacional de Cuba. Antes de partir al extranjero, Castro despidió a sus jugadores como si fueran a la guerra. De hecho, en una ridícula ceremonia, el dictador cubano comparó la gesta deportiva con la de los soldados cubanos que en su día fueron a pelear a Angola. Es decir, la selección del país marchaba al estadio con bates que representaban fusiles revolucionarios. Siempre en defensa del lema ''patria o muerte''. Incluso para marcar unas inofensivas carreras contra equipos rivales. De inmediato, la comunidad en el exilio se dividió y tomó partido: aquéllos que, por encima de las diferencias ideológicas, defendían al equipo de Cuba y, por otro lado, se encontraban los que no deseaban que la selección ganara, pues consideraban que Castro lo manipularía como una victoria política. Dicen que, una vez más, se abrió una brecha entre el exilio histórico, más proclive a no ceder un ápice, y el exilio más reciente, identificado con un país que abandonaron no hace tanto. Se invocaron causas y contracausas. Abundaron los reproches mutuos y los gestos expansivos del cubano subieron de tono más de lo habitual, que ya de por sí desafía los decibelios que el oído medio tolera sin provocar sordera. Aunque puse cara de póker durante las dos semanas que duró el torneo, hacia el final, en vísperas del juego definitivo entre Japón y Cuba, me hicieron la pregunta inevitable: ¿quién quieres que gane? Y les contesté la respuesta, para mí, inevitable: en todos y cada uno de los partidos he de- seado fervientemente que Cuba perdiera. Sin apenas comprender las complicadas jugadas y sin compartir la pasión beisbolera de los que me rodean, aposté por la suerte de Puerto Rico, de República Dominicana, de Venezuela y hasta de Japón, a pesar de su lejanía. Alguien me dijo si no creía que era más importante sentirse cubano por encima de todo. ''Pues no, nunca lo había visto de esa manera'', repliqué. ¿Qué cosa es sentirse cubano? Además, ¿por encima de qué debo colocar el accidente geográfico de mi nacimiento? Lo cierto es que, por encima de esa entelequia llamada cubanía, lo que sí antepongo son mis ideas. Mis reservas. Mis principios. Y cuando veía jugar al equipo nacional cubano lo que tenía ante mí era el aval de una vieja dictadura. Los embajadores de buena voluntad de un sistema que no conoce la piedad. Dulces peloteros cubanos que no les dan cabida a sus antiguos compañeros. Los que optaron por buscar otros horizontes y eligieron el camino de los contratos millonarios en sociedades abiertas y capitalistas. Entonces, ¿por qué habría de desearles suerte a los emisarios deportivos de un sistema totalitario que repudia a los que se escapan de su férreo control? ¿Por que habría de asumir que los jugadores de la selección cubana son víctimas que, si pudieran, desertarían? Estoy convencida de que, mientras no se demuestre lo contrario, están orgullosos de entregar sus medallas a la dictadura que los auspicia y les da de comer. Me siento muy ajena a las imágenes de un triunfo que comparten y celebran con el longevo sátrapa que los recibe. El mismo día que Cuba le ganó a Puerto Rico, un puñado de mujeres marchó por las calles de La Habana, exigiendo la liberación de sus esposos, presos desde hace tres años. Las Damas de Blanco se tragan las lágrimas y la pena por sus maridos. Amordazados y disidentes. Mientras ellas se enfrentaban a las autoridades represivas, uno de los flamantes peloteros cubanos, Lazo, le dedicaba el triunfo a Castro. Por encima del orgullo patrio, creo en la compasión por los perseguidos. Su silencio habría sido más elegante. En la Alemania de Hitler, ¿qué era más importante, ser germano por encima de todo y avalar las Olimpiadas del Führer, o revolverse ante el horror del nazismo? El béisbol me trae sin cuidado, pero no me nace apoyar nada que desvirtúe la monstruosa naturaleza del régimen castrista. Tal vez de aquí a tres años pueda decir otra cosa. Ojalá Arriba |
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